miércoles, mayo 27, 2009

Llamados

-Necesito que me digas la verdad. No me sirve que te apegues a lo que te hacen decir. Necesito que me hables vos, que te olvides del colchón corporativo al que te dejas caer cada vez que te pregunto algo. ¡Contestame vos!
El hombre canoso y arrugado se tranquilizo y bajó la cabeza un segundo para largar un resoplido fuera del tubo. Del otro lado escuchó el sorbido de un moco hacia dentro de una nariz delgada y pequeña. Se extralimitó.
-Disculpame, no tenés la culpa.
-No, disculpame vos, -habló la mujer tratando de disimular la tensión de su laringe constreñida por el llanto que luchaba por ahogar.- Disculpame, te estuve tratando muy fríamente -ya no pudo evitarlo. Lloró.
-Está bien, te perdono, no te preocupes.. Relajate ¿dale? Que te van a ver así y van a hacerte cortar la llamada.
Escuchó un espasmo y más moqueos, la señorita dijo que esperara, que buscaba un pañuelo. Corrió automáticamente el teléfono de la boca. El tubo parecía una sanguijuela bicéfala succionando su oreja y su cuello. Miro el reloj. Cinco y cuarto. Faltaba para la hora de llegada. Escuchó la vibración de las fosas nasales de su alocutaria luchando por sacar de su interior la huella pegajosa de su angustia. Aquí y en otros lados la gripe y la tristeza son cómplices de un grave doble delito semiológico: el parecido de sus manifestaciones ha conducido a las especies a, no sólo considerar al resfrío como un estado desafortunado sino, ya más dolosamente, a aceptar sin reparos que la tristeza es una enfermedad. En términos fisiológicos, asimilamos que una de las funciones del sistema respiratorio es dar pena. La mujer con la que hablaba por teléfono desde hacía unos minutos utilizaba la profesión apelativa de sus secreciones nasales o quizás su organismo sólo consideraba a la culpa como un ataque bacteriológico más.
-¿Estás mejor?
-Sí, dale, sigamos.
-Escuchame bien porque es muy importante. Necesito que te concentres en lo que te voy a pedir. Tenés que seguir todas mis instrucciones. ¿Ok? – un tímido “sí” asediado por corrientes de aire nervioso le llegó al oído. Finalmente había conseguido atención pero los llantos eran más molestos de lo que hubiera preferido. No era el mejor escenario posible pero era lo que había.
“Está bien. Concentrate en no llorar, pero escuchame, escuchame atenta. Voy a contarte cosas, pero primero necesito que hagas algo… ¿Me escuchás?
-Sí, sí. Decime. –se le escuchó entre un espasmo.
-Necesito que marques estos números. ¿Ok?. Cinco… Cuatro… Nueve… Uno… Tres… -entre cada instrucción sonaban los números de la otra, que debía presionar en el teclado.

*

Un nene de dos años con el mentón reposado sobre el hombro de su madre lo escrutaba en silencio. Se llevó un dedo a la boca y le sonrío. La sonrisa le hizo recobrar la conciencia de habitar un cuerpo. Miró a los lados: esta vez despertó en un colectivo, acostado sobre la ventanilla de un asiento individual. Era de noche, sí, pero comprendía que se trataba de una casualidad. El nene sonreía intrigado y lo desafiaba con la mirada, exigiéndole una mueca o que devuelva la sonrisa. Miró por la ventanilla una avenida. Rivadavia. Un cartel, pestañeó. Primera Junta . En las esquinas hombres limpiaban las rejillas de hojas y basura mientras algunos vehículos esperaban el cambio del semáforo. Bastante gente, se dijo. En efecto, las puertas de los cafés parecían estar a punto de abrirse tanto para los que quisieran salir como para los que desearan entrar.
La madre del chico se levantó del asiento, el chico la siguió con la cooperación que sólo conocen los objetos, aún con la mirada clavada en él, que se la devolvía ahora como encantado. Sonó el timbre. El nene estiró la mano hacia su frente y emitió un sonido nasal rompiendo el intercambio de miradas. Se echó el pelo hacia adelante y sintió calor en el pecho. Al llevarse una mano al dolor notó que estaba sangrando. Nervioso, se apuró para bajar a los saltos antes de que el transporte arrancara. Respiró un segundo en la acera mientras se sostenía la herida.
-No me curaron, la concha de su hermana... – susurró.
Revisó los bolsillos de la campera de cuero que llevaba puesta. Documentos falsificados, una billetera con papeles, un dispositivo con los números en su orden primigenio, una aguja, una jeringa, un gorro de material sintético, ningún reactivo. Tampoco alimento. Confirmó lo que temía, era por tiempo esta vez. Apretó los dientes. Se dijo que ya lo había hecho antes. Podría de nuevo.
Se quedó duro unos segundos.

Before you sleep into unconsciousness
I’d like to have another kiss...

La canción salía de su campera. ¿En que bolsillo había guardado de nuevo el aparato?

Another flashing--

Apretó un botón. Cambio la voz.
-En el fondo de la billetera, adelante del dinero. –dijo alguien secamente que se esfumó sin contar con su sorpresa.
Guardó el aparato en el bolsillo de su pecho, del lado derecho, quizás queriendo protegerse. Agarró la billetera y buscó donde le dijeron. Sacó dos cuadraditos de papel doblado. Abrió el primero. El pulso de su cuello se aceleró y sintió una puntada cerca del lugar de la herida, testimonio de que la lesión que le causaron había complicado un nervio. En sus manos tenía una foto de espaldas del bebé del colectivo, sin dudas: misma ropa, misma postura, aunque desde el ángulo inverso. Ángulo que bastaba para dejar ver el rostro de la madre que lo cargaba. La madre que tocó el timbre y él ahora intentaba adivinar si se había ido para el este o para el oeste, si sería informante o víctima.

*

-Lo inusitado de los mundos posibles es que uno difiere del otro en menos de lo que estaríamos tentados a suponer. No es que descrea que un ente pudo alguna vez imaginarlos todos y configurar una geografía de lo posible mucho más amplia de lo que me vi forzado a recorrer. Mucho menos tengo evidencia. No, sería incorrecto pensar así. Evidentemente hay más de lo que percibí, hay mucho más. Pensar en la mediocridad del creador de un multiverso semejante sería quitarle crédito a un trabajo que es imposible para mí o para cualquier hombre. Lo que le censuro a ese ser hipotético es el orden. El orden tedioso que hace miserable nuestro recorrido. Me explico: como ya te dije la contingencia no es extensiva, pero sí incuestionablemente intensiva. Esto no quiere decir que todos los sucesos de un mundo, éste por caso, pueden no haber sido (como indicaría una tesis radical y errónea y sobretodo radicalmente errónea) No, lo que quiere decir es que, aquellos que podrían no haber sido, podrían no haber sido de infinitas formas. El detalle de estas infinitas formas es ridículo, no te quepa la menor duda que ridículo es el componente favorito de quien haya urdido este sistema. Estuve en mundos que se diferenciaban sólo por el color de una baldosa… No. No exagero. Estás cayendo en la falacia que me refugió por mucho tiempo en la ignorancia. Te explico. El hecho de que se trate de mundos posibles no los convierte inmediatamente en mundos completos. Esos mundos no existen más allá de mi percepción. Mejor dicho, de la percepción que me permitieron. Por eso te digo que no es extensivamente contingente, existen cosas que necesariamente no son, que no podrían ser: aquellas que yo no percibí jamás. Así también existen entidades necesarias. Fatalmente: yo.
“Como te decía, este punto no es el que me irrita. No me parece escandalosamente inapropiado tal nivel de detalle. Lo que me aterra y me desespera es que quien haya dispuesto mi travesía me haya condenado a visitar todos esos mundos jerárquicamente. De uno a otro, por la mínima diferencia. Exacto. El color de una baldosa. El número de un boleto. La duración de una vocal. Como imaginarás recorrí infinitos mundos para llegar a este teléfono. De hecho esta no es la primera vez que hablamos. Pero no soy un esclavo absoluto de la voluntad de los detalles. De hecho esta combinación de acciones es la primera que me permite llegar hasta este punto. Y si no me equivoco va a ser la última.

*

Comunicados posteriores le dieron la pista para encontrar el reactivo entre la basura de un puesto del parque. Tenía la jeringa cargada, con la aguja puesta pero tapada por el cartucho protector. Llevaba la gorra puesta y avanzaba por el método habitual: olfateando rápido, nervioso, dejando que la adrenalina le dijera a donde ir. No le quedaba mucho tiempo. Aunque ya estaba seguro de poder descartar la posibilidad de cuerpos extraños y hostilidades infundadas los nervios no desaparecían. Era mejor. Aunque en realidad esta parecía ser una misión sin demasiadas complicaciones… el lugar era el más parecido al original en años, y si la madre era la víctima, a menos que derrumbara todo lo asumido, no había posibilidad de fallo. Ya tenía los materiales (la jeringa cargada con el reactivo) y el número (45431002, imposible olvidarlo). Sólo tenía que concentrarse en la persecución. Dobló en una esquina impredecible, empujando a un caminante incauto. El hombre le gritó y él no llegó a darse vuelta cuando la vio entrando a un edificio. Victima o informante, alzando a su sucesor, en la vereda de enfrente.

*

-No te preocupes, ya estamos terminando. Las órdenes no me llegaron todavía porque me adelanté, pero tengo todo listo. No sé si hay otros, pero te aseguro que si los hay yo soy el mejor competidor. Lo sé porque nunca violé las reglas. Solamente aprendí a utilizarlas. Escapar como una rata, ir hacia el objetivo en línea recta, desesperadamente… no se puede sobrevivir mucho tiempo así. Al principio las misiones parecen absurdas, pero te aseguro que hay un tablero. Lo que pasa es que el ser que lo diseñó es perfecto e irracional, tenés que excusarlo. A lo largo de la travesía me pregunté muchas cosas. Al principio eran cuestiones que aún hoy no puedo dejar de juzgar comprensibles, yo era un hombre. “¿Seré yo solo?”, me preguntaba. “Si es así, ¿por qué me tocó a mí?”. Pasé bastante tiempo con esa duda inicial que hace tiempo perdió importancia, pero a diferencia de otras que he conseguido contestarme (con verdades o falsedades) todavía la recuerdo. Luego quise saber si yo existía en cada mundo y me reemplazaba a mí mismo cada vez que cambiaba, anecdótico sin dudas, pero supe que no era así. Francamente tarde muchísimo en darme cuenta de lo obvio, yo de hecho existía sucesivamente en cada mundo, no era necesario reemplazarme. El problema es que por mucho tiempo consideré que me correspondía un punto de partida. Voy a serte sincero porque confío en que te va a servir: por mucho tiempo pretendí que había olvidado mi origen, pero siempre supe que no existía tal cosa. Ese engaño fue inútil y no me ayudó en nada. Aunque probablemente en ese momento empecé a dominar las reglas del juego y gracias a eso llegué a la pregunta que me obsesiona ahora: “¿Por qué carajo soy tan bueno en esto?”.

*

Mientras la cría llora y patalea en el suelo junto a unas bolsas de consorcio llenas de artículos de limpieza, se activa el instinto operativo de nuestro enviado. La sostiene del cuello con fuerza no letal y saca la jeringa de antemano preparada del bolsillo grande interior de su campera. La mujer abre los ojos aterrada e intenta escabullirse golpeando en la cabeza a nuestro hombre, al que se le cae el gorro de la cabeza y la jeringa de la mano, mientras se toma el pecho. La mujer se desase del agresor e intenta levantar al chico, pero antes de que pueda siquiera tocarlo siente un rayo atravesar su espina dorsal. Cae vencida al suelo y se da cuenta de que no puede mover sus extremidades. Con los dientes pegados al suelo intenta gritar pero no logra emitir sonido alguno. Entre sollozos observa el gesto anodino de su hijo que contempla sobre ella al hombre que la somete. Parece distraído y calmado. Siente un pinchazo en el cuello. Un líquido entra, acaricia su bulbo raquídeo y se abre paso al cuerpo calloso. ¿Será violada? ¿Su hijo lo verá todo? Sabemos que no. El sujeto de la campera de cuero la voltea y estando ella boca arriba observa los ojos de su victimario. Como era esperable el gesto se le abrió aún más. Antes de que pudiera intentar nuevamente liberar un grito se desvaneció. Otro despertó en su cuerpo.

*

-Lo peor de todo es reconocerse. Cambian los universos, aunque sea por una puta baldosa, pero uno sigue siendo el mismo pedazo de mierda servicial e indiferente.

*

-El número –pareció decir jadeando la criatura en la madre.
-Informante… –masculló- la puta que te parió.
-El número…
-¡Decime, mierda!
-Tiene que hacer que el chico lo escriba en la máquina… Después… - Sacó del piloto de la madre un cuchillo y se lo alcanzó. Era mejor que un revólver sin balas. El informante dio un grito de dolor y desapareció. Se rindió rápidamente, de dónde vendría... Dejó el cuerpo tirado y levantó la cabeza. El niño seguía en la misma posición, con la misma cándida mirada. Le sonrió. La criatura se mantuvo idéntica.
Repentinamente un dolor quebró sus piernas, cayo al suelo, junto al chico. Se esforzó en respirar. Abrió sus brazos, aleteó en el suelo. El dolor se mantenía, supo que tenía poco tiempo. Mejor usarlo bien. “Bebé, si tuviera gel de control ya te estaría haciendo ingresar el código con las orejas…” se dijo a sí mismo. Lamentaba no contar con el equipo adecuado. Sacó el aparato del bolsillo derecho. Se lo extendió al infante silencioso.
-Esto es un juego. Vas a tener que hacerlo bien en serio. -hizo fuerza para decirlo en voz alta, aunque bastara con la intención – Cuatro, cinco, cuatro… tres… uno… cero… cero…
El pequeño lo miraba maravillado y abandonado.

*

-Si las piezas se resignan a moverse siempre en las mismas direcciones no pasa mucho tiempo hasta que otra las cruza y desaparecen. Al final siempre quedan pocas. El secreto es llegar antes al lugar del final y quedarse quieto, esperando. Quizás esa pieza se mantenga incolumne tanto tiempo que al final sea más trascendente que el propio jugador. Quizás pueda formar parte del tablero. A lo mejor… -resopló, miró el reloj, ocho menos cuarto. Sacó de su bolsillo una aguja.
”Querida, necesito que apretes cero-cero-dos.
Sonó el discado. Le siguieron unos segundos de silencio solitario hasta que la puerta se abrió. Las uñas pintadas soltaron el tubo que se quedó colgado en su muslo izquierdo, como una sanguijuela embozada que refrescase sus entrañas con un nuevo huésped. Un hombre con un ojo en la frente, vistiendo campera de cuero y empapado de sangre hasta las rodillas, empuñaba su cuchillo hacia ella. Ambos quedaron paralizados un instante por el desconcierto. El rostro tríclope estaba absorto, soltó el puñal y buscaba en sus ropas.
-No puede ser. Si los números estaban bien…
En sus manos apretó la fotografía de un hombre canoso, arrugado, inmóvil, eterno.



16-05-09
texto leído en medias y sombreros #4

miércoles, abril 22, 2009

Horóscopo

xx-03-05

jueves, marzo 12, 2009

Nota sobre el exterminio de hormigas

Se descubre una hilera de hormigas rojas recorriendo la pared del piso al techo. Por ocio o resentimiento se apoya un dedo en un punto más o menos cómodo de la hilera y se acaba con un par de hormigas. Los demás puntos de la línea aterrados, se dispersan y comienzan a retroceder. Las que venían del suelo vuelven al suelo, las que venían del techo, vuelven al techo. Desordenadamente. Se traza un diámetro imaginario y todas las hormigas dentro del mismo son aplastadas. Se observa. Las hormigas que subieron bajan, las que bajaron, suben. Al llegar al perímetro apocalíptico retroceden. Campo repelente de hormigas. ¿Horror? Los cuerpos de los primeros exterminados siguen adheridos a la pared. Diámetro más grande, cuidado por dejar los cuerpos pegados. Campo repelente más grande. Pronto las hormigas comienzan a buscar una ruta alternativa. Envían exploradoras hacia la derecha, hacia la izquierda. Algunas suben a la cama, otras a la mesa de luz. Una vez exterminada la exploradora ninguna otra vuelve a verificar ese camino. En tan sólo un minuto se retiran. Pasan los días y no vuelven las hormigas a esa zona. Menos de veinte muertes persuaden a la hilera. Táctica más piadosa que el repelente. Con culpa, pero más piadosa.

12-03-09

martes, diciembre 30, 2008

Que la rockee

un cuento que la rockee
que sude la gota del barrio
por los poros de adoquín

estúpidas figuras retóricas
celebradas como punteos de guitarra
calladas por los fans

soy un narrador punk
les vengo a escupir el ojete
ya pueden empezar a silbar

si no te gusta jodete
aca vengo a desafinar
duro como el cemento
la cosas que ya pensás

voy a ser la última cerveza
la que te haga quebrar
o mejor la patada en el culo
que te raje de este bar

te quiero limar el tacho, puto
te quiero descerebrar
vas a bajonearte este texto
como mantecol y seven-up

te cago a entramadas limpias
te parto la cabeza sin lubricar
te narro de las orejas con ganas
con las últimas dos frases te hago eyacular

30-12-08

miércoles, octubre 22, 2008

Trampas

Después del alboroto y el revuelo de cartas, Andrés cortó la racha de rezongos y gruñidos en su contra:

-La trampa era fácil, antes de que lleguen yo marqué una carta del mazo. Ustedes que no son tan giles lo notaron enseguida, pero como era un cinco de bastos no hicieron problema y me dejaron jugar. Se habrán dado cuenta cómo todas las ruedas que me tocó mezclar me serví maliciosamente el cinco de palo y seguro se habrán reído con sorna. No levantaron la perdiz para contar con una ventaja, pero a Danielito lo tuve que patear para que se quedara callado. Ustedes miraban mis cartas sobre la mesa a ver si me había repartido la carta marcada una ronda más, la veían y pensaban en lo gil que era mientras le pasaba a Daniel los anchos y los sietes. Nada muy elaborado, el desconcierto ante lo que esperaban que hiciera los distrajo de lo que en realidad estaba haciendo.

"Hay una anécdota muy conocida que ilustra lo mismo. En una de las aduanas de la triple frontera un paisano pasa con una carretilla llena de paja. Los agentes vierten todo el contenido y al no encontrar nada lo dejan pasar. Al día siguiente inspeccionan la carretilla y de nuevo está limpia. Tercer día consecutivo, mismo procedimiento (cada vez más minucioso), pero como tampoco le encuentran objeto de contrabando lo dejan seguir su ruta. Lo mismo pasa al cuarto día y al día que le sigue. Los agentes sospechan que el hombre les apuesta al cansancio; un día no lo van a revisar más y a partir de entonces va a empezar a pasar mercadería. Eso no sucede, día tras día pasa el amigo con la carretilla llena de paja y nada más. Incluso no se lo revisa un par de veces como para hacerlo pisar el palito, pero al día siguiente tampoco encuentran producto con el que incriminarlo. Así pasan los años y las pesquisas hasta que el buen hombre un día se muere de viejo. Ahora le pregunto a ustedes, ¿qué contrabandeaba?

Los otros tres lo miraron un rato mientras el narrador les servía cerveza.

-Simplísimo –concluyó-: carretillas.

La historia pareció ahuyentar la bronca por el descubrimiento de la treta, pero al mismo tiempo encendió la envidia de su mano, quien divertido y molesto por no haber adivinado, le retrucó:

-Esa versión criolla de "La carta robada" estuvo linda aunque no tuviese nada que ver con lo que nos boludeaste, pero si pensás que a nosotros dos nos vas a borrar de la memoria tu picardía con un cuento tan flojo estás equivocado. El que voy a contar no solamente va a hacerles olvidar hasta a ustedes la mula sino que además los va a dejar aturdidos y nos van a regalar el partido.

Pablo volvió de la cocina con un vaso grande lleno de fernet y un limón. El otro sorbió y empezó:

-Un pibe pongámosle de veintipico de años. Mitad de la carrera, trabajo de 6 horitas en una oficina, vive con los viejos. Su hermano más grande, profesional él, vive solo. Una vuelta se va a un congreso en México y le pide al hermanito que le cuide el departamento. Los hermanos se tienen confianza, y aunque le da algunas recomendaciones particulares de quien conoce bien las manías de su propio hogar (la pileta de la cocina que se tapa de nada, el horno que no funciona, abrite el agua del lavatorio para que llegue la caliente a la ducha, etcétera) no le hace mayores advertencias. El hermanito se instala y conoce los vicios de los papeles tirados por toda la casa y el alcohol cuando el sol todavía no se puso. En los estantes no hay azúcar ni galletitas, pero por toda la casa hay varias botellas de bebida cuya imperturbabilidad no se exigió en ningún momento.

"Al cuarto día se empina la historia: a eso de la una de la mañana suena el timbre. El joven casero lo ignora pensando en algún borracho o ladrón. Sabrá más tarde que ha dado en el blanco. Continúan los timbrazos así que atiende por el eléctrico. Una voz gruesa de mujer le contesta. "Ramiro abrime" le grita "soy yo". "Ramiro está de viaje, soy el hermano" la corta secamente desde arriba. "No me jodas, Rami, dejame pasar" insisten. El hermanito reitera la explicación con un poco más de vehemencia. No hay respuesta.

"Vuelve a la cama, pero antes de acostarse golpean la puerta. La misma voz del portero gritando el nombre de su hermano está pidiendo que le abran. Nuestro señor, sin saber si detrás de la puerta se encuentra Leonor o el cuervo, duda. No puede dejarla seguir gritando en la puerta, si es amiga de su hermano escandalizará a los vecinos. Sopesa: si miente puede someterla, es una mujer. Conjetura: si tiene una pistola sería lo mismo dejarla del otro lado de la puerta. Concluye: el único peligro entonces es que lleve un arma blanca. Refuta: en todo caso podría ponerse cerca de la puerta que da a la cocina como para correr en busca de un cuchillo, ella no podría tener una hoja más grande que las de que dispone, argumenta. Tras un silencio considerable abre la puerta. La mina es una morocha fantástica, de las que sabés que te podés empachar. Ni bien pasa le entra a dar con un mambo sobre un tipo. Habla como borracha y se le hunde en los brazos llorando. Los hermanos se parecen mucho y a nuestro amigo le parece verosímil que la visitante lo confunda con Ramiro. Para cuando ensaya reformular la explicación que le dio antes; la morocha ya le está reedificando la boca. La soledad de los cuatro días encerrado en el departamento le bastan para dejarla interpretar lo que quiera.

"Después de unas horas de ejercicio la mina sigue con la historia del macho y otros cuentos desarticulados por el habla beoda. Ella está pobre y le agradece la noche en su casa; no podía quedarse en lo de aquél. Le habla de un montón de cosas, de su San Pedro natal, del trabajo de moza en un bar, de las amigas que la dejaron de garpe, de malos negocios con unos pesados, de una cartera que se olvidó en el subte. Le dice que haría lo que fuera por él. En un lance patético le recuerda la noche que se conocieron y él se hace el sota, no falta decir que habla lo menos posible para no embarrar. Se quedan dormidos.

"A la mañana siguiente la morocha no está. La pieza está medio revuelta y encuentra el motivo sobre la cómoda: la billetera que había guardado en un cajón está ahí abierta y sin un peso. No la culpa pero le preocupa que se haya puesto a mirar la cédula. Satisfecho por la noche anterior, busca en el horno una sartén que no sea pura quemadura de milanesa y se prepara una tortilla de queso y huevo para comer antes de ir a trabajar. Una hora después con los retardos esperables se va para la oficina. A la noche sin sorpresa...

-Eh, chabón -lo interrumpió su contrincante- no me das respiro, ¿ya me pasas del mediodía a la noche?

-Mirá, a nadie se le ocurrió contar las estrellas de tus noches de aduana y por la misma irrelevancia a nadie le importa una tarde de oficina. Pero si querés te comento que tengo buenas fuentes que certifican que sus trabajos de cadete incluyeron tres visitas al banco, dos cafés al capo y veinticinco viajes a la fotocopiadora.

-Me basta. Ahora sí dejalo descansar al hermanito.

El narrador echó un poco de limón al fernet y apenas se secó los jugos cítricos de las manos en el pantalón. Siguió:

-Decía que a la noche sintió el timbrazo que esperaba. Subió la morocha ahora de entrada y ni bien pasó se sentó en el sillón del living. Esta vez estaba calladita, pero se la veía entonada como la víspera. Con una media sonrisa entre los rulos que le tapaban la cara cazó una botella de José Cuervo que había en el aparador. El pibe le devuelve la sonrisa y va a buscar a la cocina un shot. Cuando vuelve, la morocha, con la mirada fija en los ojos del otro, desliza el pico dorado de la botella por abajo de la mini... Te cuento estos detalles porque sé que a Danielito le gustan, eh... La flaca levanta una ceja y le estira la botella. El pibe en la gloria le da un sorbo y se lanza al otro pico, pero ahí nomás la morocha le corta la maniobra, lo da vuelta y arriba del sillón se lo mueve (porque es clarísimo que ella se lo mueve a él). Agotado por la viava el muchacho se queda dormido. Otra vez se despierta solo a la mañana. Como lo que pasa dos veces solamente puede sorprendernos cuando la naturaleza del hecho nunca ha sido soñada, el pibe, vanidoso, ya considera este abuso rutina; y como su billetera desde la tarde está vacía ni revisa la cómoda. Va derecho a preparar su vianda y con ternura descubre que la mina le lavó los platos y varias ollas. Mientras se escurren los enseres, prepara un sanguchito de pollo y saborea otro vicio de la vida solitaria, pero no tanto.

"La misma noche se le bajan un poco los humos al winner porque el timbre no suena, pero como fue viernes y trabajó toda la semana, más los trotes a los que lo sometió la bruneta, se queda dormido casi sin darse cuenta para soñar con una quinta bonaerense y ropa sin planchar.

-Apurate master que todavía vamos catorce malas a cinco buenas, eh. –lo interrumpe el compañero.

-No camorrees que vos ya tuviste la chance. Además a tu co-equiper y al mío les está gustando el cuentito, ¿no?

Pablo asintió sonriendo, agregó fernet y coca al vaso. El otro hizo una pausa para agregar limón y prosiguió:

-Bueno, se despierta el maestro a las once del sábado y mordisquea una pata de pollo que le sobró. Aprovecha la tranquilidad para ponerse a leer un poco para la facultad. Buscando donde tomar apuntes entre los papeles del hermano encuentra una nota de la morocha escrita del otro lado de un mail impreso con un membrete raro de un águila y una serpiente. El mensaje dice lacónicamente: "Disculpame por la plata que te saqué". Conmovido por la delicadeza de la mujer carenciada se guarda el papel en un cuaderno. Piensa toda la tarde en ella, apenas puede tocar los apuntes.

"El domingo se le acaba la joda. Vuelve el hermano y ni una palabra. En gratitud por el recíproco favor se van a tomar una cerveza juntos a un barcito ahí nomás. El mayor insiste en detalles sobre los días de soledad, el menor quiere sonsacar anécdotas del viaje del otro. Después de la cuarta rubia piden la cuenta y para cobrarles se les acerca la morocha de los días infernales. El joven ve cerca un final incómodo. Pero sorprendentemente no nota en su hermano el más leve brillo en la mirada, ni un cambio en la expresión de la cara al observar a la moza de rulos negros. Lo mismo la mina, que no lo reconoce a él y a los diez minutos trae el vuelto. Aunque intrigado por la falta de desenmascaramiento, nuestro protagonista no puede hacer nada porque saldría perdiendo, así que sin chistar se retira con el mayor, quien cinco días más tarde, después de unos llamados raros, aparece suicidado en su propia casa.

La última frase cortó el sorbo que le daba Daniel al vaso.

-¿Y? ¿Qué me dicen? -desafía el narrador.

Las gargantas subieron y bajaron cerveza un rato hasta que Andrés, entre risas, le largó al matador:

-Simplísimo, Manucho. El hermano andaba metido en cosas raras con los mejicanos, lo del congreso era pura chantada. La carta con membrete habla de un negocio y las botellas de Cuervo Dorado quizás algún regalo por congraciarse con gente de guita. A la mina la manda alguien, probablemente mafioso rival de los mejicotes. Se presenta al departamento haciéndose pasar por borracha para que el mayor pique, con tanta buena suerte que se cruza con uno que también está dispuesto a hacerse pasar por otro. La primera noche le trata de sacar información, entre todos los chamuyos le tira un anzuelo sobre unos empresarios importantes, pero el pibe que no sabe nada se queda callado. A la mañana siguiente, antes de que se levante, le revisa todo; ahí descubre que el pibe no es el que busca y se va con una calentura que ni te cuento. Eso sí, le roba unos pesos para que no desconfíe. En su corta ausencia trama un plan. Como él no sabe nada y se lo ve confiado, le va a poner una droga a la bebida para que se duerma como un tronco y así poder revisar el departamento tranquila. Para que el pendex no se de cuenta (y para dejar una buena impresión, quizás) se entrega una vez más para pretextar el cansancio. Ahora sí revisa a sus anchas y se da cuenta revolviendo un poco que el horno está lleno de bártulos y los estantes están vacíos. Revisa el horno, cuyo uso el mayor había prohibido, y ahí encuentra lo que busca (plata, droga, joyas, no importa). Como toque irónico deja la nota que el pibe encuentra el sábado y que le escurre el corazón, pobrecito. A los pocos días de la vuelta el hermano se aviva de la falta de lo que guardara esa cocina endiablada y lo persigue con amenazas al hermano, que no sabe nada. Como cree (ciertamente) en la inocencia de su hermanito y no puede responder ante los mejicanos, se mata en el departamento que vendría a reemplazar a mi aduana y fin de la historia. ¿No es así?

Mientras se tomaba el fondito del fernando, Manuel se palpó los bolsillos en busca del paquete de puchos y sacó ceremoniosamente un largo. Frente a la mueca triunfal de su rival todavía expectante le devolvió el canto:

-Así sería si el truco fuera tan malo como el de tu cinco de bastos, pero te comiste un pedazo de la fábula. A ver si te lo aclaro con este breve epílogo. Un mes después en otra esquina de tu querido San Telmo tenemos a la morocha con la jeta hinchada tomándose una ginebra. Mientras cuenta las monedas a ver si le alcanza para una Quilmes de litro se le acerca un joven de cuello blanco y corbata suelta, y sin decir una palabra le deja una estampita arriba de la barra. Cuando el extraño se levanta y se va, la mina acerca desganada el papelito, con la efigie de San Pedro, y en el reverso lee: "Lástima que nunca te quedaste a comer".

Los tres estiraron el cuello esperando la resolución que nunca rompió el silencio y mientras les sostenía la mirada, Manuel mezclaba la baraja palpando un doblez imperceptible, quizás contando las puntas con el pulgar seco y pegajoso de limón.

11-10-08
Texto leído en medias y sombreros #3